lunes, 11 de abril de 2011

Mi vecino


Se llamaba Aníbal, tenía 43 años, una esposa y 2 hijos adolescentes, la familia que cualquiera desearía tener.
A base de sacrificio y después de trabajar varios años como empleado logro comprar a su antigua dueña un almacén en el barrio Capurro al que le puso de nombre “La Amistad”. De a poquito se fue ganando el cariño de la gente del barrio, en base al buen trato hacia su clientela.
Aníbal era de esas personas carismáticas, que con 2 palabras te hacia sacar una sonrisa, una persona generosa y amable que sabia tratar a sus clientes, trato que hoy en día es muy difícil encontrar.

Lo veía 4 o 5 veces a la semana, tan solo un ratito, cuando sin muchas ganas me tocaba ir al almacén, pero sabía que estando Aníbal detrás del mostrador esas pocas ganas el me las hacia olvidar. Siempre estaba de buen humor, siempre tenía un tema para conversar, o hacia alguna broma, generalmente hablábamos de nuestro peñarol.

A pesar de tener una hermosa familia todo no era perfecto para Aníbal, constantemente el almacén era asaltado por menores delincuentes. Varias veces le apuntaron con un arma o le pusieron un cuchillo en el cuello para robarle lo que había ganado con su sacrificio. A pesar de eso y de que la familia le pedía que deje el almacén el no se rendía y seguía luchando. Nunca le decía a sus clientes que lo asaltaban y a pesar de la amargura siempre mantenía su sonrisa. En el último asalto le habían robado y destrozado el negocio, fue entrevistado en el noticiero pero sus palabras no sirvieron para cambiar nada, no modificarían su destino.

Un lluvioso día gris de marzo Aníbal se levanto como cualquier otro día a trabajar, tomo su auto y se fue al almacén a cumplir su jornada de 14 horas, ese día yo también hice lo mismo.
Estaba muy oscuro cuando volví a mi casa del trabajo, alrededor de las 18:45, me tome una siesta de 30 minutos y cuando me desperté llego mi novia, nos pusimos a comer algo y prendí la tele para ver las noticias. A eso de las 20:15 sentí lo que jamás hubiera querido escuchar, estaba puesto el canal 12 y de repente el informativista comenta que robaron un almacén en Capurro y mataron al dueño. En ese instante nunca me imagine que la noticia estaría tan cerca de mi casa hasta que menciono las calles Larrobla y Uruguayana, en ese instante me levante de mi silla y me puse frente al televisor, aumente el volumen y mi corazón se paralizo, por dentro pensaba por favor que no sea, hasta que dieron su nombre y fue como una puñalada al corazón, se trataba de Aníbal, el almacenero de mi barrio. En un segundo me pasaron mucha imágenes por la cabeza, grite su nombre diciendo no puede ser. Agarre las llaves y me fui hasta el lugar, deseando que fuese una pesadilla, pero las luces de los patrulleros y ambulancias me mostraban la cruda realidad.

Aníbal había sido asaltado por 2 menores que le apuntaron con un arma, les entrego todo hasta lo que no tenia, cuando se estaban yendo, un segundo de rabia e impotencia hizo que Aníbal se moviera, enseguida uno se dio vuelta y decidió ejecutar cruelmente a Aníbal con un balazo que le atravesó el pecho. Lo dejaron que se arrastrara en su sangre y huyeron cobardemente en una moto, no quiero saber lo que fueron esos últimos segundos para Aníbal. Un minuto después llego su hijo mayor de 15 años y se encontró con su padre doblado en el piso, me mata saber lo que vivió en ese momento el pobre muchachito, no solo mataban a Aníbal sino también el corazón y las ilusiones del pobre chiquilín y toda su familia.

Constantemente me pregunto porque la ambulancia tardo 30 minutos en llegar estando todas las emergencias instaladas a 3 cuadras del almacén de Aníbal. No sé si llegando antes se hubiera salvado, ya que la herida era muy grave, me quedare siempre con esa duda.
Como la ambulancia no llego a tiempo a Aníbal lo traslado un patrullero hasta un policlínico en el Cerro, pero cuando llegaron ya se había muerto desangrado, ya habíamos perdido a nuestro gran vecino, nuestro amigo.

La noche anterior a la misma hora salí a hacer las compras y estuve con Aníbal, conversamos como lo hacíamos habitualmente, hablamos de la pelea de boxeo de Chris Namus y lo salude con un apretón de manos sin saber que me estaría despidiendo de él, que sería mi último saludo.
No logro sacarme esa charla de la mente, no logro caer de que este muerto. Pasar por el almacén y verlo cerrado y vacio sin Aníbal entristece mi corazón, mi alma, nos hicieron perder la alegría en el barrio, perdimos una excelente persona, pero su familia perdió todo, perdió un padre y esposo.
Ya el almacén no será el mismo, podrán venir otras buenas personas, pero de Aníbal no nos olvidamos jamás.

Pablo Pisón

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